TECNOBIOMA
Cuaderno de bitácora para el análisis y la producción crítica de la tecnología
Hiperdigitalidad y tecnobasura: redefinir los contornos de un problema
Autores: Carlos Díaz Fontalba, Osiris García Parras, Marina García Sánchez, Ángel Lumbreras Fernández, Álvaro Mateos Morales, Ulyana Marchuk Davydiuk, Julia Ramírez Bandera, Miguel Jesús Sáez Rodríguez
Directores del trabajo: Nuria Rodríguez Ortega / Pedro Plaza González
Fecha: febrero de 2024
- Somos seres humanos, luego generamos residuos
La producción de residuos el connatural al ser humano, por eso el desarrollo de las sociedades a lo largo del tiempo ha conllevado de manera recurrente un mismo problema: ¿qué hacer con los deshechos y con los residuos que produce la actividad humana? A medida que las sociedades se han hecho más complejas, el problema también ha devenido más complejo. Si con la Revolución Industrial se inició un proceso de contaminación ambiental derivado de los residuos producidos por la acción de los inventos técnicos que la hicieron posible, y el acelerado crecimiento tecnológico que venimos experimentado desde mediado del siglo XX ha convertido extensiones importantes de la geografía planetaria en cementerios de chatarra, la hiperdigitalidad y el incremento exponencial de los sistemas computacionales han traído consigo otro tipo de desecho: la tecnobasura digital. Dado que, en la actualidad, la mayor parte de nuestras prácticas sociales, culturales, políticas y económicas, esto es, la mayor parte de la acción humana, acontece en ecosistemas tecno-computacionales, hay que preguntarse qué tipo de residuos se generan en estos entornos y qué hacer con ellos. Esta es la pregunta marco que articula nuestro trabajo.
- Digitalización y responsabilidad para con el mundo| Contextualización
Desde hace ya algunos años, la cuestión de la sostenibilidad nuclea el debate científico, político, económico, tecnológico, filosófico y cultural. La sostenibilidad constituye un marco de pensamiento y acción que se orienta a abastecer las necesidades del presente sin comprometer los recursos de la sociedad futura. La sostenibilidad ha acabado convirtiéndose en un imperativo ético y en una responsabilidad social de todos y para todos. La sostenibilidad es una agenda política que determina las acciones de los gobiernos (Agenda 2030 y ODS), la gestión de las corporaciones (criterios EGS) y la vida de los ciudadanos.
En nuestra sociedad hipertecnificada, la sostenibilidad y digitalización se coimplican mutuamente debido al carácter ambivalente de las tecnologías digitales y computacionales. Por una parte, el desarrollo e implantación de determinadas innovaciones tecnológicas han contribuido al deterioro medioambiental, a las desigualdades culturales y a los desequilibrios socioeconómicos. Podemos analizar en detalle un caso particular de contaminación generado por una tecnología popular: las criptomonedas. El minado de estas divisas electrónicas, que se realiza poniendo ordenadores a resolver cálculos matemáticos muy complejos, es responsable del consumo de una grandísima cantidad de electricidad. Es más: el minado de la moneda Bitcoin, la más popular de todas, consume más agua que 300 millones de habitantes rurales del África subsahariana, y más electricidad que países como Dinamarca o Chile. Su impacto es tal que algunas naciones han ilegalizado esta práctica por el riesgo ecológico que supone (Chamanara et al., 2023).
Por otra parte, sin embargo, enfoques innovadores basados en la corresponsabilidad de todos los actores involucrados pueden hacer de la tecnología un catalizador fundamental para alcanzar los objetivos de sostenibilidad medioambiental, social y económica (y también cultural, aunque no se incluyan expresamente) que propugnan los ODS de la Agenda 2030. Un ejemplo son las redes 5G, que permiten una mayor conectividad y una menor latencia consumiendo una menor cantidad de electricidad. Estas redes pueden utilizarse para el procesamiento de macrodatos en tiempo real del transporte urbano, economizando y haciendo más efectivos los horarios en función de la afluencia en determinadas zonas en vista a reducir las emisiones de gas efecto invernadero. Este tipo de aplicaciones de los datos actualmente recibe el nombre de green data.
De ahí nace el concepto de digitalización sostenible y responsable, una iniciativa que apuesta por un proceso de digitalización respetuosa con el medio ambiente y las personas, garantizando la no esquilmación de los recursos naturales. En otras palabras, su objetivo es procurar un desarrollo tecnodigital equilibrado y equitativo, aunando el poder de la conectividad y el progreso, con el cuidado y la reparación de los ecosistemas ambientales y sociales. Ahora bien, junto al green data y otras estrategias ecosostenibles, el concepto de tecnobasura digital nos conmina a pensar en los junk/trash data. ¿Qué son y cómo hacerles frente? ¿Cómo lidiar con los datos-residuos, incluso con aquellos que generamos cuando se aplican tecnologías orientadas a la sostenibilidad?
- La basura que no vemos
El concepto de tecnobasura (o e-waste) se ha relacionado tradicionalmente con la acumulación de dispositivos electrónicos, los cual sigue siendo un problema importante en la actualidad. Se estima que ya son más de 50 millones de toneladas de tecnobasura las que se generan al año, vaticinado que serán 120 para 2050, según la ONU (Pacto Mundial, 2024). Para hacer frente a este problema, Telefónica, por ejemplo, está digitalizando la gestión de sus residuos en Europa y Latinoamérica con una herramienta denominada GReTel (Gestión de Residuos de Telefónica). No obstante, la hiperdigitalidad ha ampliado el concepto de tecnobasura para incluir también el conjunto de interacciones digitales y datos que, cada segundo, producimos en cantidades ingentes: desde los cientos de correos electrónicos que enviamos al día hasta las miles de fotografías que acumulamos antes de conseguir la que nos parece ideal para compartir. Asimismo, otras formas de basura digital se han relacionado con la infoxicación, los contenidos clickbait y las fake news al deteriorar la calidad de la información y menoscabar la integridad del conocimiento.
Cada búsqueda que hacemos, cada archivo que enviamos, todo supone un pequeñísimo gasto eléctrico que, multiplicado por los millones de cibernautas, acaba generando una cantidad de gases de efecto invernadero equivalente al de la industria aeronáutica, lo que supondría que a cada usuario de Internet le corresponderían unos 414 kg de dióxido de carbono (Griffiths, 2020). Según los datos del informe Data Never Sleeps de DOMO, en 2022 cada minuto de cada día se hicieron 5,9 millones de búsquedas en Google, se subieron 66.000 fotos a Instagram, se publicaron 347.200 tweets y se enviaron 231,4 millones de emails. El consumo de energía y la emisión de CO2 asociada a esa cantidad de información digital es descomunal (Enertic White Paper, 2022).
Ahora bien, aunque el concepto de tecnobasura no es un término genuino, nosotros pensamos y proponemos que este debe ampliarse de manera que integre también los desechos y residuos «sociales» que genera la hiperdigitalidad. Tomando como base la idea de los «expulsados» de Saskia Sassen (2014), consideramos que los residuos digitales no deben quedan circunscritos a los elementos materiales (chatarra) ni a los informacionales (datos), sino que también ha de integrar a las comunidades, individuos y, en general, a los seres humanos que han perdido su capacidad de acción en el mundo (Harendt, 1958), que han sido relegados al simple rol de «productor/consumidores de datos» en la era del capitalismo cognitivo (Zuboff, 2019), que se han visto alienados y enajenados por las pantallas, sin olvidar a los damnificados por las distintas brechas digitales (geopolíticas, socioeconómicas, generacionales). La tecnobasura es todo aquello que se usa y luego se expulsa, olvida o desecha. Son los restos invisibles de la gran máquina digital. Y justamente, en esta invisibilidad, encontramos uno de los problemas fundamentales de la tecnobasura digital.
Efectivamente, la tecnobasura digital conlleva un problema añadido: permanece casi invisible. Su intangibilidad la hace muy difícil de identificar como tecnobasura para el conjunto de la ciudadanía. La narrativa de la intangibilidad de lo digital, con sus metáforas basadas en nubes, flujos y realidades virtuales, ha configurado un imaginario colectivo donde lo digital, opuesto a la realidad física, carece de materialidad. La digitalización, que acorta distancias y conecta al mundo, nos ha ido alejando, así, paradójicamente, del impacto que lo digital tiene sobre nuestra existencia corporal y sobre el mundo físico en el que vivimos. El pequeño gesto con el que se inicia todo un proceso de consumo energético, un aparentemente inocuo clic, se sitúa a miles de kilómetros de los servidores e infraestructuras tecnológicas en los que se acumula la basura digital. Por su parte, los residuos sociales que se asocian a los procesos de hiperdigitalidad a escala global apenas los identificamos como efectos de nuestras acciones digitales. Los situamos como problemas sociales, económicos y políticos que compete a «otros» resolver.
Dado este escenario, estamos convencidos de que las coordenadas de salida para el abordaje del problema deben ubicarse, en primer lugar, en la toma de conciencia y en la reapropiación de la tecnología por parte de la ciudadanía, y nos preguntamos: ¿Sabemos cuál es la tecnobasura que se asocia a nuestras formas de existencias digitales y, por tanto, lo que supone para el medio ambiente y los sistemas sociales nuestra forma de vida en-red? ¿Son posibles, como afirma Flavia Costa (2021), otras formas de existencia tecnológicas más ecorresponsables? Si es así, ¿cuál podría ser nuestra hoja de ruta para alcanzar ese horizonte basado en una digitalización responsable que aminore el problema de la tecnobasura digital?
- Hacer visible lo invisible
- Actuar en el plano de lo simbólico
A tenor de lo expuesto hasta aquí, estamos convencidos de que la tecnobasura digital no representa solo un problema tecnológico, sino que es, sobre todo y fundamentalmente, un problema cultural. Por eso, pensamos que los esfuerzos se han de concentrar de una manera muy especial en el plano de lo simbólico, dado que los seres humanos nos regimos por medio de símbolos. Las listas de acciones o estrategias, que se pueden encontrar en distintas iniciativas (ej.: TrashHack de la UNESCO), los compendios de protocolos y directrices, corren el riesgo de convertirse tambien en residuos normativos si no se lleva a cabo un proceso de transformación cultural. Es necesario, pues, la conformación de narrativas y relatos que propicien la concienciación crítica y ética, así como el diseño y desarrollo de conceptos que involucre de manera plena a la ciudadanía. Apelamos, pues, a la capacidad de imaginación crítica y de innovación epistemológica de las nuevas generaciones. El término mismo de ‘tecnobasura digital’ es un buen ejemplo de cómo dar forma a un problema y hacerlo visible mediante la delimitación de un concepto. Nos preguntamos, ¿a qué otros conceptos habría que dar forma en relación con la tecnobasura digital para definir aún mejor el problema y hacerlo más visible? ¿Podríamos hablar de una ‘sociobasura digital’ para traer a la luz las expulsiones sociales a las que esta también da lugar? Estamos convencidos de que la innovación tecnológica tiene que acompañarse necesariamente de una innovación epistemológica e intelectual que nos permita pensar la tecnología desde otros parámetros.
- Actuar en el plano educativo
Si verdaderamente queremos un cambio profundo y efectivo, el esfuerzo debe centrarse en las futuras generaciones, que han de ser los motores de la transformación. Ya en el año 2002 la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) publicó Los desafíos de las tecnologías de la información y las comunicaciones en la educación, un informe que enumeraba una serie de recomendaciones para la adecuada implementación de las TIC en los sistemas educativos, englobando pilares como la formación del profesorado o las instalaciones básicas necesarias (Gallego Arrufat, 2013, p. 33). Desde entonces, han sido muchos los países que han implementado las tecnologías digitales en sus planes de estudio a través de dinámicas pedagógicas. Este hecho contrasta, sin embargo, con algunos casos actuales —por ejemplo, Finlandia— que están eliminando todo rastro de digitalización de sus currículos. Desde nuestro posicionamiento, esta decisión es un craso error. Por el contrario, creemos firmemente que el conocimiento tecnológico —digital— debe incluirse en la trayectoria educativa desde las edades tempranas. La última ley de educación, por ejemplo, implanta Tecnología y Digitalización como asignatura obligatoria dentro del currículum escolar de la ESO. Es un paso, pero no suficiente, puesto que es en la niñez cuando se generan los buenos hábitos, siendo, por ende, crucial incidir en esas etapas tan sensibles al posible desarrollo de conductas y de usos responsables, justos y equitativos para con la tecnología y el mundo.
Ahora bien, consideramos que este conocimiento tecnológico no puede quedar circunscrito a la adquisición de destrezas (skills) técnicas. Por el contrario, la tecnología se debe abordar también como «problema» sobre el que hay que pensar y discutir desde una perspectiva crítica. Una educación basada únicamente en saber manejar, diseñar o desarrollar herramientas tecnológicas, por muy sofisticadas que estas sean, solo nos conducirá a una sociedad complaciente y sin capacidad de ir más allá del «sistema tecnológico» en el que se inscribe. Como jóvenes nacidos en plena era digital, podemos intuir que el problema existente en la implementación de este tipo de medidas es la falta de interdisciplinariedad a la hora de plantear mestizajes entre ámbitos del saber. Por ello, abogamos por una redefinición completa del sistema educativo y de la articulación de áreas de conocimiento a fin de ir avanzando hacia un nuevo paradigma en el que la tecnología se instituya en parámetro transversal y de transversalización.
- Actuar en el plano regulatorio y legislativo
Al igual que una doctora controla los diferentes niveles de colesterol y de azúcar en sangre de sus pacientes, los biólogos, los especialistas medioambientales y otros científicos controlan los niveles de la Tierra y del ecosistema. Por esta razón, debemos establecer unos índices de tecnobasura digital, al igual que existen los niveles límites de triglicéridos y de CO2. Sería posible calcular este índice a través de tres variables: D, I y T.
En primer lugar, con D —desechos— se calcularía la cantidad de residuos que genera un usuario —individual o grupal— durante un periodo de tiempo determinado. Esta variable registraría, por ejemplo, cuántos gramos de CO2 supone concretamente su huella digital. La segunda variable sería I —impacto psicosocial—. Este componente resulta algo más abstracto y requeriría de diferentes indicadores, como la cantidad de conexiones reales frente a las digitales, el tiempo diario conectado frente al tiempo diario de actividades no conectado, su lugar respecto a la brecha digital, la facilidad de renovar o acceder a los dispositivos y sistemas tecnológicos de nueva generación, etc. Por último, estaría la variable T —tiempo—, que acotaría el tiempo de medida. Así, resultaría la siguiente fórmula:
ITB (Índice de tecnobasura) = (D+I)/T
Este índice tiene, de hecho, una pretensión dual: por una parte, producir conocimiento útil para el diseño de políticas orientadas a la reducción de la tecnobasura digital (material, informacional, social, cultural) y por otra, ayudar a articular una legislación que lo avale, además de controlarlo, estipulando las sanciones y recomendaciones pertinentes en caso de superar el índice permitido.
Existen ya códigos legislativos específicos para el ámbito tecnológico. En la zona comunitaria, la Comisión Europea propuso la primera regulación sobre inteligencia artificial de la historia en el año 2021: el EU AI Act. En nuestro país también se han creado organismos de supervisión —aunque las leyes operan a nivel europeo—, como la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial. Esto posiciona a Europa en general y a España en particular a la cabeza de la regulación de la tecnología y son, por consiguiente, modelos de desarrollo tecnológico sostenible. Nosotros queremos incidir en la importancia de crear y de mantener una normativa actualizada que incorpore las distintas dimensiones (materiales, informacionales, sociales) afectadas por la tecnobasura digital.
Bibliografía
Costa, F. (2021). Tecnoceno. Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida. Barcelona: Taurus.
Chamanara, S., Ghaffarizadeh, S. A., & Madani, K. (2023). The environmental footprint of bitcoin mining across the globe: Call for urgent action. Earth’s Future. https://doi.org/10.1029/2023EF00387
DOMO (2022). Data Never Sleep. 10.0. Disponible en: https://www.domo.com/es/data-never-sleeps (acceso: 1/3/2024).
Enertic (2022). White Paper. Disponible en: https://enertic.org/wp-content/uploads/2022/07/Informe-GE-DataCenterOPT_VF_junio-2022.pdf (acceso: 1/3/2024).
Gallego Arrufat, M.ª J. (2013). Las tecnologías de la información y la comunicación en el ámbito socioeducativo. Barcelona: Editorial Davinci.
Griffiths, S. (2020, March 5). Why your internet habits are not as clean as you think. BBC. Retrieved February 28, 2024, from https://www.bbc.com/future/article/20200305-why-your-internet-habits-are-not-as-clean-as-you-think
Harendt, H. (1958). La condición humana. Barcelona: Paidós, 2005.
Sassen, S. (2014). Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. Madrid: Katz Editores.
Zuboff, S (2019). La era del capitalismo de la vigilancia. Barcelona: Paidós, 2020.